La mujer y el tiempo

El antiguo libro del Génesis postula que la mujer fue creada a partir de la costilla de un hombre como primigenio símbolo de subordinación a él. Otras leyendas mesopotámicas nos hablan de Lilith, la primera esposa de Adán, que abandonó el paraíso para abanderar el nutrido cuerpo de demonios de la noche. Mujer sumisa o mujer demoniaca, son los dos nichos que las leyendas otorgan al origen en el tiempo de la mujer, olvidando el principal de todos ellos: la mujer es en sí misma el origen del tiempo, la madre de todos nosotros.

Dios, la naturaleza, el cosmos, quien sabe quien o qué las puso ahí, pero ellas son el medio elegido por la eternidad para perpetuarnos. Basta con una pequeña gran explosión de deseo en su interior para conseguir que en ellas crezca la extensión de nosotros mismos. Ellas y sólo ellas tienen la posibilidad de asir la cuerda del tiempo pasado y tirar de ella para que continúe, esa cuerda que anteriormente sujetaron nuestras madres, abuelas, bisabuelas y todos los precedentes antepasados femeninos.

Como matriuskas del tiempo, las mujeres se alinean una tras de otra en el momento del parto. Cada mujer a la hora de parir, cuando esa nueva criatura ve por vez primera la luz, siente tras de sí a su madre abrazándola y susurrando palabras de aliento al oído, con las conciencias en sintonía, unidas madre e hija en el momento cumbre del cambio de titulación, en ese momento en el que hija y madre pasan a convertirse en madre y abuela, como manecillas del reloj que al ponerse en vertical mueven el engranaje que gira la cifra del calendario hacia el día siguiente. Pero detrás de una siempre hay otra, y otra, y otra. Como una sala llena de espejos enfrentados, la mujer en el momento del parto tiene la capacidad de sentir a todas sus antepasadas femeninas una detrás de la otra en perfecta sincronía. La abuela abraza a la nueva madre, y la madre de aquella, la nueva bisabuela, la abraza con ese amor que sólo una madre entiende.Y detrás de la bisabuela la tatarabuela, y detrás de ella todas las tatara-tatara-tatarabuelas, cada cual vestida con su atuendo de época, la tatarabuela con una elegante falda negra decimonónica y su madre, la tatara-tatarabuela, con unas enaguas que enaltecen el volumen de sus caderas. Mucho más atrás, en los reflejos pasados más lejanos que apenas si se aprecian por su pequeñez advertimos a una elegante dama cuyo corsé no la deja casi respirar. Aún más atrás la madre ve a una enfermera con un extraño tocado que bien parece el de una monja de las que aparecen en los momentos álgidos de una película de terror. Mucho mucho más atrás hay mujeres con stolas romanas, quitones griegos, con pieles, desnudas, hasta que la vista se pierde en antepasadas muy monas.

La mujer es el medio elegido para que los que nacemos recibamos la bienvenida al mundo en medio de un enjambre de sonrisas de todas las féminas que forjaron el firmamento de nuestro pasado genealógico.Siendo como somos la consecuencia de la descarga del placer, del esfuerzo, del sufrimiento, del dolor y de la sonrisa de las mujeres en el tiempo, no nos queda más remedio que revisar con nuevos ojos aquellas leyendas que hunden a la mujer en el abismo de la sumisión o la maldad. Seamos consecuentes y lancemos una sonrisa a aquella Eva y aquella Lilith, la mujer es mucho más que aquellas dos, es la representante del tiempo entre nosotros.

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